Benedetti: el suspiro de la inmortalidad

“Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace”.
La primera vez que escuché la poesía de Mario Benedetti era muy pequeña, pero desde entonces, me hice adicta al escritor uruguayo y devoraba sus textos con la ansiedad de quien los necesita para poder respirar.
“Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño.”
Y es que Benedetti transmite con sus palabras los más complicados sentimientos y trasporta a universos desconocidos compuestos de recursos literarios y expresivos que convidan a convertir cada momento en poesía. Sigue leyendo

Secreto público…

Todavía recuerdo la primera vez que te vi. Querías tomarte mi cerveza, bailar conmigo, conquistarme, besarme; pero quizás ni siquiera sospechabas que tendrías la oportunidad de enamorarme, y lo conseguiste.

Me enamoré de ti, del niño-hombre que reía sin parar o del hombre-niño que en una mirada sabía decir todo. Ahora estas líneas gritan tu nombre, se disfrazan de ti, te buscan y afortunadamente te encuentran. Ahora puedo confesarte, en este secreto público, que te quiero, como no he querido en mucho tiempo, de una manera distinta, única, mejor; y que esta parte de mí que ahora siento que me falta cuando estás lejos, te pertenece.

Quiero bailar esta rueda de casino contigo y llenar mis noches con tus días, mis días con tus noches y perder la noción del tiempo cuando estamos juntos. Quiero que seas mi confesión, mi secreto público y ese lindo poema con sabor a infinito que solo puedo escribir junto a ti. Lo confieso. Te quiero. Hoy no tengo que decir más…

Puntos suspensivos

 Es difícil cerrar la puerta a aquellos amores que alguna vez nos taladraron el alma. No sabemos cómo decir adiós, cómo poner punto final a una historia que estaba llena de puntos suspensivos…

 Y entonces, nos quedamos con esa melancólica sensación de que algo nos falta, que detrás de aquella puerta se van nuestros mejores años, se va nuestra vida. Pero no, la vida continúa, los mejores años vuelven y la puerta cada vez se nos hace más lejana, hasta que desaparece un día y nunca más buscamos en ella. Sigue leyendo

Periodismo sin silencios ni censura

– Sí, estudio periodismo- respondo tajante al hombre que me pregunta asombrado por qué escogí una carrera que dice él, en Cuba no tiene campo.

– Porque a mí me gusta, y porque a través del periodismo, puedo llegar a las personas. Es mi manera de intentar cambiar mi pedacito de mundo- digo con cara de pocos amigos.

El periodismo no es una profesión fácil, ni en Cuba ni en el resto del mundo; porque lleva consigo, compromiso y entrega como las demás profesiones; pero también necesita una dosis de valentía para romper los silencios,las censuras, y los temores.

El periodismo, el de verdad, y no el que difama y destruye la imagen de un pueblo; sino el que educa, el que informa, el que critica para mejorar, para cambiar, para despertar en las personas el deseo de ser mejores; ese periodismo es el que se necesita en los tiempos actuales. Sigue leyendo

Una historia de amor a los 92 años

A Flora y Benicio, protagonistas de esta historia…

Sentado a su lado, veía como se le escapaba el último suspiro al gran amor de su vida. Los recuerdos del pasado eran lo único que en aquel momento llenaban de vida la fría habitación. La niña de sus ojos yacía entre aparatos y sábanas blancas. Tenía la mirada perdida y la sombra de la muerte cubría cada centímetro de su cuerpo y acechaba como un buitre hambriento en busca de un delicioso manjar.  Era el momento de despedirse, de decir adiós a la compañera de tantos años, de muchos años. ¿Cómo alejarse para siempre de aquella parte de sí que complementaba todo su ser?

A sus 92 ya no podía estar solo. Toda su vida dependía de aquella vida que se esfumaba.  Solo podía pensar en aquel día, hace ya una semana, en el que le deseó la muerte a su eterna amante y ella rezó bajo para que Dios perdonara a ese hombre que tanto amaba a pesar del paso del tiempo. Ese día se clavaba en su alma como una daga envenenada, ahora que la muerte parecía haber oído su absurda plegaria. La piel casi amarilla, los labios resecos, las arrugas debajo de los ojos, pretendían cubrir aquel rostro que él sabía tan bello, a pesar del triste disfraz de los años. Recordar dolía cada vez con más fuerza. Le hacía daño aquella frase que su amada esposa le repitió antes de salir para el hospital: «Viejo…Esta vez no regreso. Algún día volveremos a vernos; pero mientras, cuídate. Y no olvides nuestra canción. A pesar de todos los dolores,  te amo.» Y como la más clara de las visiones, aquella sala de terapia confirmaba el amargo presagio de su bien amada.

Se reprochó a sí mismo las largas jornadas de trabajo que exigían faltar a su casa por semanas, y a veces, meses. Comenzó a arrepentirse de los bares, las mujeres y de cada palabra mal dicha. Inundaban la habitación los te amo que quedaron por decir en aquellos 65 años de matrimonio y las caricias olvidadas. Los besos que faltaban por dar, los perdones que ya no se podían pedir; todo aquello parecía rodear a la vieja pareja que pronto se separaría. La culpa de quien sentía merecer estar  en esa cama helada dolía a todo el que se asomaba a presenciar la escena. Sigue leyendo

El transporte ¿nuestro? de cada día

Mi historia parece increíble; pero precisamente por ser real, es aun más increíble. Un día cualquiera, en una hora cualquiera, especialmente a las siete de la mañana o a las cuatro y media de la tarde, en un país cualquiera, digamos Cuba; la calle está abarrotada de personas que se levantan temprano; bien temprano, para llegar a tiempo a su centro de estudio o a su lugar de trabajo. Pero lo que estas personas no saben es que el Destino, cual Dios implacable y burlón, les jugará una mala pasada; aunque en realidad el Dios implacable y burlón es el Transporte Público, quien tiene el poder de dominar cada uno de tus movimientos, literalemente, hasta tornarte un ser pesimista, huraño, que sale a la calle por necesidad; porque de otro modo, es mejor quedarse en casa que “coger una guagua”.

El tema del transporte ha sido abordado tantas veces en nuestro país, al igual que el de Coppelia, el pan y tantos otros; que ya se torna penoso hablar sobre él una y otra vez, y que en realidad,su deterioro sea mayor cada día. Estar en una parada a las siete de la mañana, a las cuatro de la tarde, o a cualquier hora del día, o de la noche; es como esperar en vano que suceda un milagro y que los dioses se apiaden de ti para poder viajar sin sufrir un problema cardíaco o un accidente cuando intentas montar por la puerta trasera de un P1 que hace una hora y media no pasa, y que milagrosamente; porque hay que tener fe en que existen los milagros, paró frente a ti; mientras un maratón de personas desesperadas al igual que tú, intentan empujarte y tomar tu sitio, para al fin llegar a su lugar de destino, que aunque solo queda a media hora, parece en ese instante tan lejano.

Estar en una parada de guaguas es sentir en carne propia la devastación del transporte público y de tantas otras cosas que hoy nos afectan y que nos llevan al cansancio, al deterioro, a una vida robótica alejada de sueños, proyectos y milagros. Será que quienes pueden hacer algo para mejorar el transporte y todo lo que debe ser mejorado, no tienen que estar en una parada junto a una multitud que espera ansiosa  llegar en algún momento a su destino. Sigue leyendo